Cuando todo es importante, nada es importante.

By | 18 mayo, 2020

La salud es lo primero no hay ninguna duda, o dicho de otra forma, sin salud el resto de las cosas carecen de relevancia. Ha sido un tiempo muy duro y eso los profesionales de la salud lo sabemos bien, pero ha llegado el tiempo de entender que en salud no todo es COVID19 y mucho menos, la vida queda reducida al COVID19. Algunos nos preguntamos ¿qué ha pasado con el resto de las dolencias?, ¿y con las patologías crónicas? y ¿con los trastornos mentales?.

Escuchamos las preocupaciones por los posibles repuntes de SARS-CoV2, que se esgrimen como la razón para prolongar el confinamiento. Con una mejoría en las cifras oficiales de la pandemia, cambiamos de fase, pero para nada cambie. La sociedad se muestra agotada de tanto cortoplacismo, de decisiones cambiantes, de los bandazos sin sentido aparente. Tras más de 2 meses, parece que las mascarillas van a ser importantes, y de los test, ¿qué se sabe?. Según el estudio de seroprevalencia solo el 5% de la población ha desarrollado inmunidad frente al COVID, una cifra insuficiente para conseguir la inmunidad de grupo.

Ante la ausencia de un plan claro, de una hoja de ruta o de una visión estratégica, ¿alguien sabe cómo vamos superar esto?, con la ciencia, ¿verdad?. Las ventajas del método científico es que es objetivo, lógico, sistemático y riguroso. De lo que deduce que necesitaríamos indicadores objetivos, no solo el número de fallecidos del día, que por cierto refleja el estado de la epidemia de hace unas semanas, no de cómo estamos hoy. Pero no es esto lo más preocupante de las miles de vidas perdidas, sino de la deshumanización de las mismas, pasando de puntillas por encima de miles de dramas, para celebrar de que solo sean un centenar al día, trasformando las vidas perdidas en una cifra.

Hay una ausencia de una debida reflexión sobre las consecuencias en el medio plazo de las medidas planteadas, y no solo pensemos en la economía, que también, sino en la salud en general y en la salud mental en particular. Deberíamos reflexionar sobre lo que vamos a tener que afrontar como sociedad en los próximos meses. Pasamos de negar la mayor a primeros de marzo, a ser los mayores “confinadores” a finales de mayo. Treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta,… días confinados. Suma y sigue… ¿hasta cuando? y ¿para qué?, para garantizar la salud, ¿de verdad es la única forma de protegernos?.abrazo de Juan Genoves

La situación actual de la pandemia y las proyecciones, nos permiten ser optimistas, en realidad como hace unas semanas. Un significativa reducción de nuevos contagios. La selección natural del virus, hace que las cepas que más se han propagado, hayan sido las menos agresivas. La climatología que viene que se antoja desfavorable para la propagación del virus. Un sistema sanitario repuesto tras la primera embestida. ¿No sería mas sensato poder flexibilizar el confinamiento en estos días?, o quizás preferimos hacerlo para el final del verano, o mejor en otoño, cuando se entremezcle un posible repunte de la COVID, con la gripe y el resto de los virus respiratorios estacionales. Multiplicando los casos de infecciones respiratorias, pero sobre los miedos de la población.

Las personas necesitan una mínima certidumbre para poder prepararse para el futuro, de un marco estable sobre el que tejer sus proyectos, y de un horizonte para poder soñar. En lugar de esto, ¿qué es lo que recibimos?. Se imaginan salir a correr con la idea de hacer 5 kilómetros, y que en el 4ºKm le digan que corra otros 5km más, para luego en el 8º, le digan que van a por 15Km, para que en el km 12, le adviertan que ahora son 20km… ¿le suena?. Pues bien, es justo lo contario a lo que recomiendan los expertos, que sugieren hacer los confinamientos lo más cortos posible y con la mayor trasparencia sobre los tiempos. No olvidemos, que la emoción que peor gestiona el ser humano, es la incertidumbre y para hacerla frente necesitamos un plan y ser flexibles.

Sigamos dando rienda suelta a nuestra imaginación. Se imaginan qué hubiera pasado si en lugar de invertir tantos recursos en marketing político, se hubiera hecho en educación para la salud.

La sociedad una vez más ha dado una gran lección  a sus dirigentes. Ha intentado ordenarse y ayudarse, con miles de propuestas espontaneas, tanto para mayores, como para los pequeños, para tratar de sobrellevar el confinamiento de la mejor manera posible. (“Que buen vasallo, si tuviese un buen señor”; Cantar de Mío Cid s.XIII).

Pero la resilencia se agota y la percepción de las desigualdades ahonda en la desesperanza. Necesitamos una sociedad fuerte, sobretodo mentalmente fuerte, para poder emprender el reto de la reconstrucción tras esta crisis. Tenemos que ser capaces de anteponer el nosotros, al yo, mi, me conmigo, y al “que hay de lo mío”. Necesitamos lideres que sirvan de ejemplo y en los que se pueda confiar. Vienen tiempos complejos.

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