Las soluciones están, pero hay que buscarlas.

By | 16 noviembre, 2020

Tenemos que asumir que la COVID-19 ha aflorado nuestras “vergüenzas” y la emergencia sanitaria, nos está llevando a una situación de crisis sin precedentes. El primer pico de la pandemia (marzo-abril), sorprendió al sistema sanitario sin los recursos necesarios (ni si quiera mascarillas). Muchos pensamos que difícilmente se pudiera haber hecho mejor con la información y recursos disponibles en ese momento, pero ¿dónde estaba el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias?, cuya función es esa, la de alertar y prevenir. Ya a finales de febrero, empezaron a verse cuadros respiratorios atípicos en muchos servicios de Urgencias. Algo estaba pasando, pero alguien decidió que no nos preocupáramos y por tanto no nos preparáramos, ya que España “tendría a lo sumo unos pocos casos aislados”. Según cifras oficiales a noviembre de 2020, 1,4 millones de personas contagiadas y mas de 40.000 personas fallecidas.

La cuestión es que llegó marzo, con un auténtico tsunami de enfermos que desbordó la capacidad de contención de nuestro sistema sanitario. Con los recursos disponibles, lo que se hizo podría considerarse un milagro. “Lo hicimos porque no sabíamos que era imposible”. Si nos llegan a decir en enero de 2020, lo que se iba a hacer solo unos meses después, en marzo-abril, hubiéramos dicho que era imposible, pero se hizo. Eso sí, con un coste muy alto, con una cifra de fallecidos, que sonrojaría a cualquier persona decente. No obstante, reitero que era difícil haberlo hecho mejor, con esos mimbres.

Tras un confinamiento largo y duro, probablemente excesivo en su duración, llegamos al verano y, convenientemente azuzados, salimos de nuestras casas acompañados por un falaz mensaje de superación de la crisis. Meses de calma en la tormenta, fatalmente desperdiciados. Un tiempo que debiera haber valido para trazar un plan estratégico sobre los escenarios probables y posibles que nos esperaban en otoño. ¿Alguien de verdad se creía que esto había terminado?, ¿qué no íbamos a tener repuntes o segundas (o terceras…) olas?. ¿Dónde están los expertos que han analizado los riesgos y posibilidades?.

La situación es compleja y todos los países civilizados del mundo han conformado un grupo de expertos con cara, ojos y curriculum, que sean capaces de analizar la situación, valorar opciones y plantear recomendaciones. Pero sobretodo, que ofrezcan un mensaje de confianza a la población, que sobreinformada en sus casas, ve como las gráficas de contagios se disparan, y aunque comienza a hablar de tasas de incidencia acumulada a 14 días como si de expertos epidemiólogos se tratara, perciben un futuro incierto. A la situación sanitaria se le está sumando la situación económica, multiplicando el impacto sobre la salud mental.

La presencia de ansiedad, apatía, tristeza, desesperanza, … que empieza a verse en la población, es francamente preocupante. “La gente está tan mal, que ni es capaz de pedir ayuda”, me compartía un colega hace unos días. Asumen el agotamiento mental, como la consecuencia natural de lo que está ocurriendo, sin darse cuenta de que eso lastra su capacidad de reacción y adaptación. Que ahora no es que sea necesaria, es que es imprescindible para afrontar lo que tenemos por delante.

Lo importante en la vida es ser capaz de aprender de los errores, y esta lección no estamos siendo capaces de aprenderla, a pesar de la dureza de las clases. El español tropieza una y otra vez con la misma piedra. Quizás no sea culpa del individuo, pero si de la sociedad. Quienes, aborregados, aceptan la situación, anulando cualquier atisbo de crítica y encaminando sus esfuerzos reflexivos hacia la justificación, que trata de apaciguar la ansiedad que se ha despertado ante la percepción de alarma y nos movilizaría hacia la acción.

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